En el Vaticano, el humo blanco que emerge de la Capilla Sixtina es la señal inequívoca de que los cardenales han elegido a un nuevo pontífice. Este ritual, cargado de historia y simbolismo, se mantiene vigente en cada cónclave papal.
El próximo 7 de mayo, la Capilla Sixtina será nuevamente el escenario del cónclave para elegir al sucesor del papa Francisco. Durante este proceso, los 135 cardenales electores, menores de 80 años, se reunirán en estricto aislamiento para votar hasta alcanzar una mayoría de dos tercios.
La señal al mundo sobre el resultado de estas votaciones se da mediante una tradición que data del siglo XIX: la fumata. Cuando no se alcanza un consenso, se emite humo negro; pero cuando se elige a un nuevo papa, una fumata blanca se eleva desde la chimenea de la Capilla Sixtina, acompañada por el repique de las campanas de la Basílica de San Pedro.
Para asegurar la claridad del mensaje, se utilizan compuestos químicos específicos en la combustión de las papeletas de votación. La fumata blanca se produce con una mezcla de perclorato de potasio, lactosa y colofonia, mientras que la fumata negra se genera con perclorato de potasio, antraceno y azufre.
Una vez emitida la fumata blanca, el cardenal protodiácono, actualmente Dominique Mamberti, se asoma al balcón central de la Basílica de San Pedro para pronunciar la tradicional fórmula en latín «Habemus Papam», anunciando al mundo el nombre del nuevo pontífice y el nombre que ha elegido para su papado.
Este ritual, cargado de simbolismo y solemnidad, continúa siendo una de las tradiciones más emblemáticas y esperadas de la Iglesia Católica.






