La inteligencia artificial (IA) comienza a transformar el mundo laboral argentino de forma silenciosa pero profunda. Sectores como el bancario, el legal, el logístico y el de servicios ya implementan algoritmos para automatizar tareas, optimizar procesos y reducir costos. Según un informe del BID (2024), el 23% de los empleos formales en Argentina podrían verse «medianamente afectados» por la automatización en los próximos 10 años. No se trata solo de reemplazo, sino de reconversión: muchas tareas cambian de forma, y con ellas, las habilidades requeridas.
El impacto varía según el nivel de calificación del empleo. Mientras que trabajos rutinarios, administrativos o repetitivos están más expuestos, roles creativos, técnicos o con fuerte componente humano, como salud o educación, muestran mayor resiliencia. La automatización de funciones en call centers, contaduría, logística o análisis de datos ya es una realidad en muchas empresas. Algunas firmas tecnológicas y bancos, como Galicia o Globant, lideran el uso de IA generativa en Argentina para atención al cliente, diseño y análisis predictivo.
Este panorama plantea un desafío urgente para el sistema educativo y de capacitación. El 40% de los jóvenes argentinos no termina el secundario en tiempo y forma, según cifras del Ministerio de Educación. A la vez, el mercado laboral demanda perfiles con conocimientos en programación, análisis de datos, ciberseguridad y pensamiento crítico. La brecha entre lo que se enseña y lo que se necesita se amplía, lo que podría generar más exclusión si no se actúa rápido con políticas públicas activas.
En paralelo, la IA genera preocupación por el posible desplazamiento de trabajadores. La Unión Industrial Argentina y la CGT ya manifestaron la necesidad de abrir espacios de diálogo sobre el impacto tecnológico en el empleo. El reclamo se centra en cómo proteger derechos laborales en contextos donde una máquina puede hacer tareas humanas sin descanso, vacaciones ni salario. No es una discusión técnica, sino política: ¿quién se beneficia y quién queda afuera en esta nueva economía?
Sin embargo, también hay espacio para el optimismo. La IA puede mejorar la productividad, liberar a las personas de tareas repetitivas y abrir nuevos sectores económicos. En campos como la medicina, la investigación científica y la justicia, puede acelerar diagnósticos, análisis forenses o revisión de casos, como ya se experimenta en algunos juzgados bonaerenses. Todo depende del enfoque: si se piensa como reemplazo o como complemento del trabajo humano.
En cuanto a legislación, Argentina aún no cuenta con un marco específico para regular el uso de IA. Existen normas sobre protección de datos y ciberseguridad, pero no hay una ley que defina responsabilidades, sesgos algorítmicos o condiciones laborales en entornos automatizados. Mientras en la Unión Europea avanzan regulaciones pioneras, América Latina y Argentina se mueven más lentamente. La falta de regulación podría abrir la puerta a desigualdades o usos abusivos.
En definitiva, la IA redefine el trabajo, pero no necesariamente lo elimina. La clave será acompañar esta transición con políticas inclusivas, inversión en educación tecnológica, y un debate público serio que no repita los errores del pasado. En un país con alta informalidad y desempleo estructural, la inteligencia artificial puede ser aliada del desarrollo o un nuevo factor de exclusión. La dirección dependerá de las decisiones que se tomen hoy.





