Desde tiempos ancestrales, el ser humano cuenta historias: en cuevas, en fogones, en libros, en pantallas. ¿Por qué nos fascinan tanto? Porque las historias no solo entretienen… organizan la realidad.
El cerebro humano está cableado para pensar en narrativas. Una historia tiene inicio, conflicto, desarrollo y resolución. Eso le da forma al caos del mundo, nos ayuda a entender emociones, relaciones y decisiones.
Al escuchar una historia, el cerebro libera dopamina si hay suspenso, oxitocina si hay conexión emocional, y adrenalina si hay peligro. Es como si viviéramos la experiencia del personaje desde adentro.
Por eso las historias nos marcan más que los datos. Podemos olvidar una estadística, pero no olvidamos una historia bien contada. Lo narrativo ancla el conocimiento en la emoción.
Esto se aplica a todo: educación, publicidad, política, redes sociales… Quien sabe contar una buena historia, capta atención y transmite ideas de forma más poderosa.
Y también sirve para uno mismo: narrar tu propia vida, darle sentido a lo vivido, contar(te) tu historia con honestidad, es una forma de sanar, crecer y reconectar con lo que sos.





