El lenguaje inclusivo ha ganado visibilidad en los últimos años como una forma de nombrar sin excluir. Su objetivo es visibilizar identidades no binarias o evitar el uso genérico masculino cuando se habla de grupos mixtos o de género no especificado.
Una de sus formas más conocidas es el uso de la «e» como forma neutra (por ejemplo, “todes”, “amigues”), aunque también se recurre al uso de “@” o “x” en medios digitales. Sin embargo, no está reconocido oficialmente por academias de la lengua.
Sus defensores argumentan que el lenguaje construye realidad, y que si no nombramos ciertas identidades, las estamos invisibilizando. Para muchas personas, hablar con lenguaje inclusivo es un acto político y de empatía.
En cambio, sus detractores señalan que puede dificultar la comprensión, especialmente en contextos educativos o de lectura en voz alta. También sostienen que el idioma evoluciona naturalmente y no debería forzarse desde lo ideológico.
Más allá del uso formal, lo importante es que el debate ha puesto sobre la mesa temas profundos: la igualdad de género, la representación en el habla y el derecho de las personas a ser nombradas como desean.
El lenguaje siempre ha sido dinámico, y su transformación refleja los cambios sociales. Quizás la clave no esté en imponer una forma, sino en abrir el diálogo y fomentar una comunicación más respetuosa e inclusiva.





