La misión 11 buscará validar reingresos controlados, aterrizajes de ambas etapas y la liberación de cargas ficticias, todo dentro de un ambicioso intento no tripulado.
SpaceX se prepara para lanzar el siguiente gran paso de su programa Starship, un vuelo de prueba que apunta a convertirse en hito si logra cumplir con los objetivos clave planteados. El cohete —el más grande y potente que ha desarrollado la compañía— enfrentará maniobras complejas que hasta ahora atraviesan la frontera entre lo experimental y lo imprescindible para misiones lunares o marcianas.
El vuelo 11 tiene entre sus metas demostrar que ambas etapas —el impulsor “Super Heavy” y la nave principal— pueden ser recuperadas tras reingreso, algo que todavía no se ha logrado en forma consistente. También se espera proceder con la liberación de cargas ficticias (satélites tipo Starlink) y someter al sistema al rigor térmico de la reentrada atmosférica.
Este lanzamiento no es uno más: se lo considera como el más exigente que SpaceX ha puesto sobre Starship hasta ahora, porque implica la convergencia de varios desafíos técnicos simultáneos. Aunque en vuelos anteriores se han probado partes de ese repertorio (como aterrizajes oceánicos, relanzamientos de motores o reentradas parciales), pocos lo han hecho todo en una misma misión.
Si tiene éxito, el vuelo 11 reforzaría la credibilidad de Starship como un vehículo completamente reutilizable —algo esencial para bajar costos y aumentar frecuencia de lanzamientos. También será un paso clave para que el sistema participe en futuras misiones de la NASA, como las previstas para llegar nuevamente a la Luna, y en los planes más amplios de arribar a Marte.
El interés mediático, tecnológico y estratégico está al máximo. En el espacio, no hay margen para medias tintas: este vuelo será un contundente test de resistencia, precisión y visión espacial.






