Argentina vive un boom del litio que redefine su perfil productivo. Con más de 40 proyectos en distintas etapas de desarrollo y reservas estimadas en 20 millones de toneladas, el país se posiciona entre los tres mayores productores del mundo, junto a Chile y Australia. El auge de la electromovilidad y la transición energética global impulsaron la demanda de este mineral clave, generando una ola de inversiones internacionales sin precedentes.

Durante 2025, las exportaciones de litio superaron los US$ 1.800 millones, lo que representa un incremento del 45% interanual, según datos de la Secretaría de Minería. Los principales destinos fueron China, Corea del Sur y Estados Unidos, donde las empresas buscan garantizar el suministro de un insumo estratégico para la fabricación de baterías eléctricas. En la actualidad, los proyectos más avanzados se concentran en Jujuy, Salta y Catamarca, las provincias que conforman el llamado “triángulo del litio” argentino.

El interés global se tradujo en una fuerte llegada de capitales. Solo en el último año se anunciaron inversiones por más de US$ 6.000 millones, con la participación de empresas como Ganfeng Lithium, Livent, POSCO, Allkem y Rio Tinto. La mayoría de los proyectos operan bajo esquemas de asociación público-privada, lo que permite a las provincias participar de las utilidades y promover el desarrollo local.

Sin embargo, la expansión del litio también genera tensiones. Las comunidades originarias y organizaciones ambientales advierten sobre el impacto del uso intensivo de agua en zonas áridas, así como la falta de consulta previa en algunos emprendimientos. En respuesta, el Gobierno nacional y las provincias avanzan en la creación de mesas de diálogo ambiental y en la implementación de estándares internacionales de sostenibilidad para garantizar una explotación responsable.

Otro desafío clave es la industrialización local. Actualmente, Argentina exporta el litio en forma de carbonato o cloruro, sin procesar. Para revertir esta dependencia, el Gobierno impulsa proyectos de agregado de valor, entre ellos el Centro Nacional de Tecnología del Litio, inaugurado en 2025, y convenios con universidades para el desarrollo de baterías y componentes para la electromovilidad. El objetivo es pasar de ser un mero proveedor de materias primas a un actor estratégico en la cadena global de energía limpia.

El impacto económico del litio ya se siente en las provincias productoras. La minería generó más de 10.000 empleos directos y un fuerte impulso a sectores asociados, como la construcción, el transporte y los servicios técnicos. Además, los ingresos por regalías permitieron reforzar los presupuestos provinciales y financiar infraestructura básica en regiones históricamente postergadas.

De cara a los próximos años, el litio se presenta como una oportunidad única para diversificar la matriz productiva argentina. Pero su éxito dependerá de la capacidad del país para garantizar estabilidad macroeconómica, seguridad jurídica y sostenibilidad ambiental. Convertir el “oro blanco” en desarrollo duradero será uno de los grandes desafíos del modelo económico argentino en la nueva era energética.

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