El sector agrícola argentino transita 2025 con un escenario que combina señales de reactivación productiva con fuertes tensiones económicas. Tras varios ciclos marcados por la volatilidad climática y la inestabilidad macroeconómica, la actividad muestra un repunte moderado, aunque lejos de un horizonte plenamente despejado. La expectativa del mercado es que esta campaña determine si el agro podrá volver a funcionar como motor central de la economía.
Luego de la histórica sequía de 2023 y de una campaña 2024 que logró cierta recomposición, las lluvias más regulares de los últimos meses permiten proyectar mejores rindes para soja, maíz y trigo. Los reportes de las bolsas de cereales estiman incrementos de entre 10% y 15% en la producción de los principales cultivos, con zonas núcleo que podrían recuperar niveles cercanos a su promedio histórico. Sin embargo, aún persisten focos de incertidumbre vinculados al comportamiento de “El Niño” y la disponibilidad de agua en regiones extrapampeanas.
A pesar de la mejora climática, los productores enfrentan un incremento sostenido en los costos de insumos clave, como fertilizantes, fitosanitarios y logística. Con una inflación todavía alta y un tipo de cambio que no termina de estabilizarse, la ecuación económica del agro sigue siendo delicada. El margen de rentabilidad se achica y obliga a ajustar decisiones de siembra y planificación financiera, especialmente entre los pequeños y medianos establecimientos.
En el plano comercial, la competitividad externa continúa condicionada por las retenciones y las brechas cambiarias. Si bien el gobierno analiza esquemas de reducción gradual de derechos de exportación, aún no se materializan cambios de fondo que modifiquen el horizonte del sector. Las cadenas agroindustriales advierten que la falta de previsibilidad tributaria desalienta inversiones en tecnología y capacidad instalada, pilares esenciales para sostener el crecimiento.
La infraestructura rural también se mantiene como un desafío estructural. La red de caminos secundarios, vital para el traslado de granos y hacienda, registra un deterioro significativo, agravado por la menor disponibilidad de fondos para obras provinciales. A esto se suma una mayor presión sobre los puertos y plantas de acopio, donde la eficiencia logística será clave para aprovechar precios internacionales que muestran volatilidad, pero aún ofrecen oportunidades para Argentina.
En términos de empleo y actividad regional, el agro continúa siendo uno de los principales motores del interior productivo. La mayor demanda de servicios vinculados a la siembra, cosecha y transporte genera un impacto económico amplio en pueblos y ciudades del interior. No obstante, la incertidumbre macroeconómica y la falta de financiamiento accesible frenan la incorporación de maquinaria y tecnología clave para aumentar la productividad.
Para los próximos meses, el desempeño del sector dependerá del clima, de la evolución de los mercados globales y, sobre todo, de la definición de políticas que otorguen previsibilidad. La agricultura argentina se encuentra en un año bisagra: con potencial para recuperarse y traccionar al resto de la economía, pero aún condicionada por un entorno interno que no termina de estabilizarse.





